
Más allá de acompañar un plato, el agua influye en la percepción del menú, las armonías y la experiencia gastronómica.
Cuando pensamos en gastronomía solemos hablar de producto, cocina, técnica o armonías. Sin embargo, hay otros elementos que también condicionan cómo percibimos un menú y cómo vivimos una experiencia en sala. El agua es uno de ellos.
Su presencia influye en aspectos como el equilibrio de sabores, la percepción sensorial o la coherencia de una propuesta gastronómica. Una visión que forma parte también de la colaboración entre GASMA y Agua de Benassal, a través de la cual los estudiantes trabajan el papel del agua dentro de la gastronomía profesional desde ámbitos como la cocina, la cata o la sumillería.
Lejos de ser un elemento secundario, el agua forma parte de la experiencia gastronómica desde el primer momento. De hecho, suele ser uno de los primeros productos que llegan a la mesa y, con ello, una primera impresión de la propuesta del restaurante.
Como explica Carlos Monsonís, chef, docente en GASMA y propietario de restaurante, “lo primero que nos sirven cuando llegamos a un restaurante es agua”. Aspectos como la calidad, la presentación, la conservación o la temperatura ayudan a construir la percepción que el cliente tendrá de la experiencia gastronómica.

Esa coherencia también se traslada a la identidad del propio restaurante. En un contexto donde cada vez se valora más el producto de proximidad y la conexión con el territorio, la selección del agua también forma parte del discurso gastronómico.
“No tiene sentido que un restaurante cuya bandera sea el producto local use un agua italiana”, apunta Monsonís, defendiendo que la elección del agua debe ir en consonancia con la filosofía y el entorno gastronómico del establecimiento.
Más allá del servicio, el agua también influye directamente en la percepción de sabores, aromas y sensaciones durante una experiencia gastronómica.
David Buch, embajador de Agua de Benassal, explica que “aunque pueda parecer secundario, el agua puede influir significativamente dentro de un maridaje donde se pretende llegar a una armonía de sabores, recuerdos y sensaciones”.
El equilibrio es clave. “Un agua con unas características minerales muy débiles puede crear una sensación de vacío”, mientras que una mineralización demasiado marcada puede llegar a “enmascarar y ocultar aromas y sabores que debemos descubrir en el plato”.

Su papel resulta especialmente importante en contextos de cata y sumillería, donde la percepción sensorial condiciona completamente la experiencia. Factores como el pH o una composición mineral desequilibrada pueden alterar sabores y dificultar la correcta limpieza del paladar entre vinos o elaboraciones.
La importancia del agua también se traslada a la cocina profesional. Elaboraciones como arroces, fondos o legumbres dependen directamente de la calidad y composición del agua utilizada.
“Si estamos en un restaurante en el cual queremos sacarle el máximo partido a los ingredientes y compramos el mejor producto del mar o el mejor solomillo, lo mismo haremos con el agua para cocinar”, señala Carlos Monsonís.
Una visión que también se trabaja dentro de la formación gastronómica. En GASMA, los estudiantes abordan el papel del agua en contextos como la cocina, la cata, la sumillería o los eventos gastronómicos, entendiendo cómo influye en la experiencia final y en la percepción del cliente.
En ese contexto se enmarca la colaboración entre GASMA y Agua de Benassal, que acerca a los estudiantes el conocimiento sobre el agua minero-medicinal de Font d’En Segures y su papel dentro de la gastronomía contemporánea.
Porque en gastronomía, la experiencia también se construye desde los detalles. Y el agua es uno de ellos.

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